su mirada triste
se transformaba a veces
en picarona sonrisa
y ojitos vivaces
entonces yo besaba
sus labios dulces
mas pronto su rostro
se quedaba sin luces
como viendo fantasmas
como oyendo voces
su pelo largo oscilaba
como los sauces
yo lo acariciaba
como quien hace las paces
quisiera rescatar
los tiempos felices
soltaba mirando
con sus pupilas audaces
con su lánguida voz
sin apenas matices
quisiera volver al hogar
a mis raíces
sólo en el norte
donde yacen mis cruces
dilluns, 5 de setembre del 2011
divendres, 2 de setembre del 2011
Els nous amants
ara que el sol no escalfa com abans
s'han de dir adéu els nous amants
ara que les aus migraran al sud
ara que el grill s'ha quedat mut
tornen a casa els nous amants
amb una carta entre ses mans
ara que trona per la tarda
ara que l'onatge ja no parla
obren l'agenda els nous amants
i fan creus fins a tots sants
ara que el dia ja no és etern
ara que sembla arriba l'hivern
enyoren, obliden, els nous amants
per encarar fites més grans
s'han de dir adéu els nous amants
ara que les aus migraran al sud
ara que el grill s'ha quedat mut
tornen a casa els nous amants
amb una carta entre ses mans
ara que trona per la tarda
ara que l'onatge ja no parla
obren l'agenda els nous amants
i fan creus fins a tots sants
ara que el dia ja no és etern
ara que sembla arriba l'hivern
enyoren, obliden, els nous amants
per encarar fites més grans
dijous, 1 de setembre del 2011
Valió la pena
valió la pena pelear
y remar contra corriente
por el agreste mar
y cambiar de continente
valió la pena esperar
sobre piedra caliente
los caprichos del azar
esperanzado y paciente
valió la pena sudar
y subir la pendiente
hasta llegar al altar
bajo el sol radiante
valió la pena viajar
en un mundo cambiante
para volver al hogar
para vivir el presente
valió la pena
sufrir, amar
llorar, gritar
valió la pena
y remar contra corriente
por el agreste mar
y cambiar de continente
valió la pena esperar
sobre piedra caliente
los caprichos del azar
esperanzado y paciente
valió la pena sudar
y subir la pendiente
hasta llegar al altar
bajo el sol radiante
valió la pena viajar
en un mundo cambiante
para volver al hogar
para vivir el presente
valió la pena
sufrir, amar
llorar, gritar
valió la pena
dimecres, 17 d’agost del 2011
Juan y Clara
Juan es un soñador, su mente permanece más tiempo en otro mundo que en éste. Esto puede llegar a ser un punto a favor en el mundo en el que vivimos, aunque también una barrera para alcanzar sus objetivos, o más bien un camino entretenido de recorrer, pero sin final. Sus decepciones duran hasta que alguna nueva historia más o menos rocambolesca se adueña de él y sustituye a la realidad. Ésta siempre vuelve, pero ya con la pena mas mitigada. Por el contrario en los momentos eufóricos, su cabeza empieza a trabajar a velocidades insospechadas, con lo cual historias irreales y edulcoradas se suceden una detrás de otra, dejando la alegría real en una pequeñez, un hecho que pronto se torna insignificante, vulgar.
Las demás personas lo consideran más bien un ser tranquilo y huidizo, arisco incluso. Nada más lejos de la realidad, no se dan cuenta que la mayor parte del tiempo simplemente no está con ellos.
Aquel verano, en su casa de campo, junto a los trigales ya dorados y el camino sombreado por las frondosas ramas de los plátanos perfectamente alineados, todo fue distinto. Quizás porque no se lo esperaba, quizás porque las sofocantes temperaturas le aletargaban el cerebro, o quizás porque a veces, la realidad supera incluso a las mentes más imaginativas.
Llegó como todas las cosas nuevas y sorprendentes, generando estupefacción y desconfianza. Juan tomaba el relativo fresco en el patio, delante de la carretera, por la cual circulaban incluso en esa época del año, no más de tres vehículos por hora. Juan empezó a apreciar una motocicleta a lo lejos, hacía bastante ruido, cada vez más, pero avanzaba verdaderamente lenta. Cuando por fin llegó a la altura de la casa la moto se paró en seco (lo cual no supuso en gran empeño debido a la poca velocidad), y de ella bajo una chica joven, con gafas oscuras y pelo suave pero alborotado tras quitarse el casco.
Tu eres Juan? Preguntó.
Si, soy yo. Respondió Juan mirándola de abajo a arriba.
Me quedaré unos días, si no te importa.
Así era ella, decidida, directa. Cuando Juan estaba pensando aún en qué decir ella ya deshacía las maletas. Y así sucedieron las cosas durante el tiempo en que ella estuvo con él. No es que Juan fuera idiota, un poco parado y dubitativo sí, pero con una personalidad bien definida. Pero Clara ejercía un efecto hipnótico sobre él, y la verdad es que las decisiones de ella le solían agradar, aunque la mayoría de las veces eso lo deducía después de haberlas acatado.
Nunca supo exactamente de donde salió Clara, ni como le encontró, decía ser algo así como una prima lejana por parte de tía segunda. Y al preguntar por ella al resto de la familia todos parecían haberla conocido en algún momento de sus vidas, años atrás, en otro lugar y en otras circunstancias.
Juan y Clara nunca se aburrieron en las tres semanas que permanecieron juntos en la casa, por mucho que realmente hubiera poco que hacer en el pueblo, el cual nunca abandonaron en ese período. Era como su territorio, su bastión, se sentían estrechamente unidos a esa parte del mundo, como si la conjunción entre ellos y el lugar fuera algo indisoluble e inevitable.
En ocasiones después sus constantes charlas se sucedían largos silencios, nada incómodos por parte de ninguno. Curiosamente Juan no cavilaba absolutamente nada en esos períodos, algo raro en él, simplemente se quedaba con la mente vacía, esperando quizás la siguiente y sorpresiva ocurrencia de Clara.
Las noches eran largas con Clara, muchas veces ella contaba historias interminables que Juan escuchaba con pasmo. Algunas parecían sospechosamente inverosímiles, pero Juan nunca le pregunto por la certeza de su origen. ¿Acaso un cuentista nato como él podía poner en duda lo que ella exponía con tanto estilo? Cuando la cautivadora voz de Clara terminaba de hablar, a menudo, después de escuchar un rato las cigarras solamente, se quedaban dormidos en el patio hasta que el ya potente sol de las diez de la mañana llegaba hasta sus caras.
Parecía que el verano no terminaría nunca ese año, los días eran largos y las noches más aún, pero una mañana Clara desapareció tal como vino, por sorpresa, sin avisar y con aires de misterio. Juan se despertó, sacó la cabeza por la ventana y vio la motocicleta alejarse lentamente por la todavía sombreada carretera de los plátanos. Juan bajó al patio y se asomó a la verja, Clara ya solo era un puntito en el horizonte. No gritó ni dio aspavientos con los brazos para que volviera, siempre supo que ese momento llegaría. Se sentó en el sillón de mimbre y empezó a recordar los días pasados con cierta nostalgia. Pronto sus recuerdos se entremezclaron con creaciones de su propia factoría hasta no saber distinguir la realidad de la ficción.
Ahora es primavera y Juan se ha pasado medio año buscando a Clara, preguntando por ahí, intentando seguir un rastro, pero ya dejó de hacerlo. Tiene claro que su búsqueda será en vano, pues ha comprendido que solamente ella puede encontrarle.
Las demás personas lo consideran más bien un ser tranquilo y huidizo, arisco incluso. Nada más lejos de la realidad, no se dan cuenta que la mayor parte del tiempo simplemente no está con ellos.
Aquel verano, en su casa de campo, junto a los trigales ya dorados y el camino sombreado por las frondosas ramas de los plátanos perfectamente alineados, todo fue distinto. Quizás porque no se lo esperaba, quizás porque las sofocantes temperaturas le aletargaban el cerebro, o quizás porque a veces, la realidad supera incluso a las mentes más imaginativas.
Llegó como todas las cosas nuevas y sorprendentes, generando estupefacción y desconfianza. Juan tomaba el relativo fresco en el patio, delante de la carretera, por la cual circulaban incluso en esa época del año, no más de tres vehículos por hora. Juan empezó a apreciar una motocicleta a lo lejos, hacía bastante ruido, cada vez más, pero avanzaba verdaderamente lenta. Cuando por fin llegó a la altura de la casa la moto se paró en seco (lo cual no supuso en gran empeño debido a la poca velocidad), y de ella bajo una chica joven, con gafas oscuras y pelo suave pero alborotado tras quitarse el casco.
Tu eres Juan? Preguntó.
Si, soy yo. Respondió Juan mirándola de abajo a arriba.
Me quedaré unos días, si no te importa.
Así era ella, decidida, directa. Cuando Juan estaba pensando aún en qué decir ella ya deshacía las maletas. Y así sucedieron las cosas durante el tiempo en que ella estuvo con él. No es que Juan fuera idiota, un poco parado y dubitativo sí, pero con una personalidad bien definida. Pero Clara ejercía un efecto hipnótico sobre él, y la verdad es que las decisiones de ella le solían agradar, aunque la mayoría de las veces eso lo deducía después de haberlas acatado.
Nunca supo exactamente de donde salió Clara, ni como le encontró, decía ser algo así como una prima lejana por parte de tía segunda. Y al preguntar por ella al resto de la familia todos parecían haberla conocido en algún momento de sus vidas, años atrás, en otro lugar y en otras circunstancias.
Juan y Clara nunca se aburrieron en las tres semanas que permanecieron juntos en la casa, por mucho que realmente hubiera poco que hacer en el pueblo, el cual nunca abandonaron en ese período. Era como su territorio, su bastión, se sentían estrechamente unidos a esa parte del mundo, como si la conjunción entre ellos y el lugar fuera algo indisoluble e inevitable.
En ocasiones después sus constantes charlas se sucedían largos silencios, nada incómodos por parte de ninguno. Curiosamente Juan no cavilaba absolutamente nada en esos períodos, algo raro en él, simplemente se quedaba con la mente vacía, esperando quizás la siguiente y sorpresiva ocurrencia de Clara.
Las noches eran largas con Clara, muchas veces ella contaba historias interminables que Juan escuchaba con pasmo. Algunas parecían sospechosamente inverosímiles, pero Juan nunca le pregunto por la certeza de su origen. ¿Acaso un cuentista nato como él podía poner en duda lo que ella exponía con tanto estilo? Cuando la cautivadora voz de Clara terminaba de hablar, a menudo, después de escuchar un rato las cigarras solamente, se quedaban dormidos en el patio hasta que el ya potente sol de las diez de la mañana llegaba hasta sus caras.
Parecía que el verano no terminaría nunca ese año, los días eran largos y las noches más aún, pero una mañana Clara desapareció tal como vino, por sorpresa, sin avisar y con aires de misterio. Juan se despertó, sacó la cabeza por la ventana y vio la motocicleta alejarse lentamente por la todavía sombreada carretera de los plátanos. Juan bajó al patio y se asomó a la verja, Clara ya solo era un puntito en el horizonte. No gritó ni dio aspavientos con los brazos para que volviera, siempre supo que ese momento llegaría. Se sentó en el sillón de mimbre y empezó a recordar los días pasados con cierta nostalgia. Pronto sus recuerdos se entremezclaron con creaciones de su propia factoría hasta no saber distinguir la realidad de la ficción.
Ahora es primavera y Juan se ha pasado medio año buscando a Clara, preguntando por ahí, intentando seguir un rastro, pero ya dejó de hacerlo. Tiene claro que su búsqueda será en vano, pues ha comprendido que solamente ella puede encontrarle.
dimarts, 16 d’agost del 2011
Repulsión (Roman Polanski, 1965)
Repulsión es todo un ejemplo de como crear un clima propicio para producir angustia en el espectador. La película avanza poco a poco, a ritmo pausado, utilizando cada vez más recursos de terror psicológico (aunque explícito incluso, en la parte final). Por ejemplo se nos van mostrando pequeños detalles al principio ciertamente inquietantes o desagradables, que si bien pudieran pasar como anécdotas, denotan ya cierto desequilibrio. El perfil mental de la protagonista (una estupenda y enigmática Catherine Deneuve) se va destapando a lo largo de la película, aunque nunca de manera evidente, lo cual te hace mantener a la cabeza en funcionamiento todo el tiempo.
Por si aún quedan dudas al final, la última secuencia, espléndida en su ejecución, esclarece bastante los hechos, a mí personalmente me produjo un largo y pronunciado escalofrío.
Carol una chica sensible y miedosa, vive con su hermana y trabaja en un esteticista. Apenas sale de casa si no es para ir al trabajo, aunque debido a su belleza a menudo es cortejada por hombres a los cuales siempre rechaza. A raíz de las vacaciones de su hermana, deberá quedarse sola en el piso durante varios días, todo un reto para afrontar sus temores.
El mayor acierto de Polanski radica en saber trasladar dichos temores al público, ademas de recrear un clima asfixiante y angustioso que harán las delicias de los aficionados al género.
Por si aún quedan dudas al final, la última secuencia, espléndida en su ejecución, esclarece bastante los hechos, a mí personalmente me produjo un largo y pronunciado escalofrío.
Carol una chica sensible y miedosa, vive con su hermana y trabaja en un esteticista. Apenas sale de casa si no es para ir al trabajo, aunque debido a su belleza a menudo es cortejada por hombres a los cuales siempre rechaza. A raíz de las vacaciones de su hermana, deberá quedarse sola en el piso durante varios días, todo un reto para afrontar sus temores.
El mayor acierto de Polanski radica en saber trasladar dichos temores al público, ademas de recrear un clima asfixiante y angustioso que harán las delicias de los aficionados al género.
divendres, 22 de juliol del 2011
Hijo De La Luz Y De La Sombra (Miguel Hernández)
( Hijo de la sombra )
Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las montañas y los atardeceres.
Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.
El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.
Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.
El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.
El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
( Hijo de la luz )
Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
recibes entornadas las horas de tu frente.
Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.
Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro de la luz nuestra casa.
La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.
La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.
El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.
Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
Y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.
¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.
Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.
Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.
( Hijo de la luz y la sombra )
Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.
Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.
Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.
Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían que grabada llevo allí tu figura.
Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.
Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.
Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva
donde asienten su alma, las manos y el aliento,
las hélices circulen, la agricultura viva.
Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.
No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.
Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las montañas y los atardeceres.
Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.
El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.
Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.
El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.
El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
( Hijo de la luz )
Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
recibes entornadas las horas de tu frente.
Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.
Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro de la luz nuestra casa.
La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.
La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.
El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.
Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
Y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.
¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.
Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.
Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.
( Hijo de la luz y la sombra )
Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.
Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.
Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.
Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían que grabada llevo allí tu figura.
Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.
Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.
Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva
donde asienten su alma, las manos y el aliento,
las hélices circulen, la agricultura viva.
Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.
No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.
dissabte, 9 de juliol del 2011
Incomunicació
S’asseien l’un davant de l’altre, en silenci, ell es prenia el cafè amb llet a petites dosis i trobava d’allò més normal aquella situació donades les circumstàncies. Ella es mossegava de tant en tant el llavi i no suportava estar callada, però tampoc tenia res a dir. La màquina de cafè trencava la quietud, un soroll incòmode però alhora alleugeridor, per fi alguna cosa amb la que distreure la atenció. El bar no col•laborava a trencar el gel, amb una ambientació massa impersonal i uns clients que, o be estaven de pas o be mataven el temps sense compassió.
De sobte, ella no va poder aguantar més, en un segon va agafar la bossa, es va aixecar, va obrir la porta i se’n va anar carrer avall, amb la mirada encarada fixament al terra i l’esguard afectat. Ell va fer un altre xuclada a la tassa, sense reaccionar en principi, i al notar la tebior del líquid va empassar uns quants glops. Va estirar estúpidament el cap a ran de la finestra com si pogués veure alguna cosa després de tanta estona, es va treure el moneder de la butxaca, va deixar sobre el taulell un bitllet de cinc euros i va sortir corrents.
Després de córrer dos travessies i saltar-se un semàfor va arribar a la mateixa alçada que ella, que caminava molt de pressa, d’una manera antinatural, sobre les seves petites sandàlies. Ell en prou feines seguia el seu pas, i entre brunzits de motors a plena hora punta semblaven dues ànimes posseïdes per l’estrès d’una gran ciutat. Allò va durar suficient com per acabar bastant cansats i sentir-se prou ridículs.
Van agafar plegats el mateix autobús, ell ni tan sols es va adonar del número, es va limitar a seure al costat d’ella, que mirava per la finestra mentre ell observava els moviments interns del vehicle, les anades i vingudes dels de vagades pintorescs passatgers. Puntualment feia una ullada al seu costat, on ella continuava mirant l’exterior fixament. De vegades, quan les vibracions de l’autobús o permetien, recolzava el cap a la finestra i tancava els ulls.
Només va canviar aquesta situació al moment de prémer el botó de parada sol•licitada, acció que ella va realitzar amb empenta. Ell va comprendre la situació i tots dos van baixar per continuar a peu, en un d’aquests carrers més tranquils, allunyats del centre, aquest cop amb un pas normal tirant a suau. La fullaraca seca caiguda a l’acera a causa de la calor exercia de distracció, i tots dos, trepitjant el terra com a divertiment i gaudint de la fressa resultant d’aquesta acció, buidaven les seves ments de tot allò que probablement no estaven capacitats per afrontar.
De sobte, ella no va poder aguantar més, en un segon va agafar la bossa, es va aixecar, va obrir la porta i se’n va anar carrer avall, amb la mirada encarada fixament al terra i l’esguard afectat. Ell va fer un altre xuclada a la tassa, sense reaccionar en principi, i al notar la tebior del líquid va empassar uns quants glops. Va estirar estúpidament el cap a ran de la finestra com si pogués veure alguna cosa després de tanta estona, es va treure el moneder de la butxaca, va deixar sobre el taulell un bitllet de cinc euros i va sortir corrents.
Després de córrer dos travessies i saltar-se un semàfor va arribar a la mateixa alçada que ella, que caminava molt de pressa, d’una manera antinatural, sobre les seves petites sandàlies. Ell en prou feines seguia el seu pas, i entre brunzits de motors a plena hora punta semblaven dues ànimes posseïdes per l’estrès d’una gran ciutat. Allò va durar suficient com per acabar bastant cansats i sentir-se prou ridículs.
Van agafar plegats el mateix autobús, ell ni tan sols es va adonar del número, es va limitar a seure al costat d’ella, que mirava per la finestra mentre ell observava els moviments interns del vehicle, les anades i vingudes dels de vagades pintorescs passatgers. Puntualment feia una ullada al seu costat, on ella continuava mirant l’exterior fixament. De vegades, quan les vibracions de l’autobús o permetien, recolzava el cap a la finestra i tancava els ulls.
Només va canviar aquesta situació al moment de prémer el botó de parada sol•licitada, acció que ella va realitzar amb empenta. Ell va comprendre la situació i tots dos van baixar per continuar a peu, en un d’aquests carrers més tranquils, allunyats del centre, aquest cop amb un pas normal tirant a suau. La fullaraca seca caiguda a l’acera a causa de la calor exercia de distracció, i tots dos, trepitjant el terra com a divertiment i gaudint de la fressa resultant d’aquesta acció, buidaven les seves ments de tot allò que probablement no estaven capacitats per afrontar.
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