dilluns, 27 de febrer del 2017

Coloquio (Emily Dickinson)

Había muerto yo por la Belleza;
me cercaban silencio y soledad,
cuando dejaron cerca de mi huesa
a alguno que murió por la Verdad.

En el suave coloquio que entablamos,
vecinos en la lúgubre heredad,
me dijo y comprendí: Somos hermanos
una son la Belleza y la Verdad.

Y así, bajo la noche, tras la piedra,
dialogó nuestra diáfana hermandad
hasta que el rostro nos cubrió la hiedra
y los nombres borró la eternidad.

dimarts, 17 de gener del 2017

Fred

la blanca llum de gener il·lumina els carrers
ànimes erren amb guants i gorres de llana
de sobte tot és hostil, desconegut, llunyà
el que una vegada fou acollidor i proper

el vent del nord arrossega la fullaraca
remena els records, refreda els anhels
i la seva imatge freda i distant retrobo
aquells ulls blaus clavats com cristalls

a mida que la curta tarda s'omple de nit
una quietud hivernal envaeix les estances
que buida les entranyes i alenteix els cors
com enyoro els seus ossos, petits i punxeguts

la matinada arribarà, i un altre, i un altre
i passarà la fredorada, i la primavera tornarà
un darrera l'altre tots cauran els seus petons
s'aniran desenganxant, de la meva pell gelada

dissabte, 25 de juny del 2016

Cançó del dubte (Manel)



Una veu li preguntava «què seràs quan siguis gran?»
La meva amiga callava i somreia cap avall.
Qui tornés a aquella tarda a prendre foc
i aturar-la just a punt de dubtar per primer cop!

Quan el pare preguntava «quina feina trobaràs?
La meva amiga, rabiosa, intentava no plorar
i el cervell jove repassava les opcions
i tenia els ulls cansats de mirar en tots els racons
però, en mirar-lo, el camí no diu si vas a la glòria o al fracàs.

I sortíem a les nits,
«va, demà ho farem millor»,
mentre el dubte ens observava.
I sentíem créixer dins
gairebé una decisió
però era el dubte que jugava
amb tot allò que era bo
amb tot allò que era bo.

Si un bon noi li preguntava què collons volia que fes.
La meva amiga dubtava i s'arrambava contra ell
i s'adormia prometent-se que demà
sabria estar contenta al seu costat.
Desgraciats si sabeu el gust que fa els
petons que fem dubtant!

T'has quedat mirant un prat
esperant que neixin flors
mentre el dubte les matava.
T'has quedat tota la nit
observant com dorm un cos,
mentre el dubte reclamava
tot allò que era bo
tot allò que era bo.

Ha passat a mig matí,
m'ha tocat amb unes mans
plenes d'ungles despintades.
No tenia gaire temps,
però passava pel veïnat
i em volia dir que ara
ho té molt clar.
La meva amiga diu que ho té molt clar!

divendres, 10 de juny del 2016

Los caracoles

Era el día de Sant Jordi , yo calculo que a finales de los noventa, uno de esos Sant Jordi soleados a rabiar, luminosos, donde las rosas lucen un rojo apasionado, descarado, y las senyeras le quitan el protagonismo al habitual tono grisáceo de la ciudad.
Yo era entonces un veinteañero un tanto despistado, contemplativo, sin objetivos muy claros en la vida, y con una imperiosa necesidad de entender el mundo. Había quedado con mi padre para comer caracoles en un conocido restaurante del paseo Sant Joan. No sé muy bien de dónde vino esa idea de menú, no recuerdo haber hablado nunca de caracoles con mi padre ni antes ni después de ese día, ni pienso que fuera algo mínimamente atractivo para él, así que supongo fue una concesión a mi favor y un regalo.
Obviamente yo acudí a la cita con ilusión, charlar con mi padre siempre resultaba entretenido dada su facilidad para desarrollar temas más o menos trascendentes, sazonados con toques de su ingenioso humor, medio sarcástico medio payasil, y no eran tantas las ocasiones a lo largo del año en las que teníamos ocasión de coincidir.
Sin embargo no podía evitar poseer un sentimiento dentro de mí de vacío y soledad. Pasar la tarde con mi padre no me parecía en esa época algo apropiado para un joven de mi edad en esa fecha tan señalada. Esa sensación se iba acrecentando de camino al restaurante, viendo las parejas de enamorados cogidos de la mano paseando como si se hubiera detenido el tiempo, o las muchachas andando con paso decidido luciendo los primeros escotes de la temporada, o simplemente ese ambiente cargante de amor juvenil que no todos llevábamos a nuestras espaldas.
Una vez allí todo discurrió como de costumbre durante un encuentro con mi padre, charlas con más o menos discursos filosóficos de su parte, ciertos comentarios francamente desternillantes, algunas anécdotas de su pasado o presente narradas con mucho estilo, y puede que resolviera algún juego de ajedrez en el periódico y me lo describiera con entusiasmo (pese a conocer perfectamente mi poco interés al respecto).
No recuerdo cuantos caracoles me zampé, ni si mi padre se tomó alguno (probablemente no más de tres), sí recuerdo en cambio el ambiente relajado y la percepción de que ese era un momento especial. La sobremesa se alargó ampliamente, ese era el plato favorito de mi padre, y en esos tiempos solía tomar un te con leche y fumarse un puro mientras desarrollaba la parte más aparatosa de su discurso.
Pasaron muchos años sin volver a visitar esa zona de la ciudad, lejos de mis quehaceres habituales y mis contactos, hasta que el destino quiso que sea en la actualidad un paso recurrente de camino a mis obligaciones. Siempre me acuerdo de ese día cuando veo el restaurante, especialmente en la diada de Sant Jordi, y tengo esa misma sensación de vacío y soledad que tuve entonces, aunque sin duda por motivos muy distintos a los de antaño. Ahora sigo siendo un hombre un tanto despistado, contemplativo, sin objetivos muy claros en la vida y con una imperiosa necesidad de entender el mundo. Lo que sí entendí sobradamente es que si mi padre ese día me invitó a comer caracoles fue para que algún día yo me acordara de él como me acuerdo ahora.

Dedicado a Dante Roggia

dilluns, 28 de març del 2016

El cuento de la princesa Kaguya (Isao Takahata, 2013)

Veinticinco años después de su obra maestra “La Tumba de las Luciérnagas”, Isao Takahata, ya un venerable octogenario, lo ha vuelto a hacer. Ha creado una obra intemporal sobre la vida y la muerte, una maravillosa película de animación, de una animación exquisita, simple y sensible, artesana, sin efectismos, una animación que va calando al espectador desde el primer minuto, desde esa luminosa rama de bambú que se abre para presenciar el milagro del nacimiento.
El cuento de la princesa Kaguya narra las vicisitudes de una princesa desde su más tierna infancia hasta su regreso al mundo de donde proviene. La historia se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera abarca la etapa infantil de la protagonista, en la cual priman la vida dentro del núcleo familiar y las relaciones con los aldeanos, siempre en un entorno de humildad y cercano contacto con la naturaleza, una naturaleza que se nos muestra viva, radiante, luminosa.
En la segunda parte la niña deberá asumir su condición de princesa y trasladarse a la ciudad, abandonando así sus amigos, su amada naturaleza y su infancia. El anhelo de esa infancia, de ese íntimo contacto con lo que le rodea, perdido por los protocolos y tradiciones impuestas debido a su nuevo estilo de vida, marcan esta etapa, así como todo lo que supone la adultez, las responsabilidades, las tomas de decisiones, las injusticias. Esto es algo exportable a cualquier contexto y condición a lo largo de la historia, lo que pienso hace de esta película una obra intemporal pese a tratarse de un cuento del siglo X sobre una princesa (El cuento del cortador de bambú). Lo mismo pasa en su final, marcado por el sentimiento de no haber podido concluir en la tierra muchas cosas pendientes, de no haber amado mucho más, y sobre todo del dolor que significa la despedida de los seres queridos.
Con una delicadeza y sensibilidad absolutas, tanto por el reflejo de los sentimientos de los personajes en el trazo, tanto por la como siempre espléndida banda sonora de Joe Hisaishi, El cuento de la princesa Kaguya le sirve de pretexto a Takahata para hablarnos de lo que supone vivir en este mundo. Una película adulta y para adultos, una obra de arte a la altura de las más grandes directores del séptimo arte, que lastimosamente les quedará grande a los que busquen entretenerse con dibujos animados que divierten con piruetas en tres dimensiones, y pasará por lo tanto inadvertida a gran parte del público.


dissabte, 10 d’octubre del 2015

Azul II

quien me ha robado el mar
quien se ha llevado el cielo
el uno en tu ojo derecho
y el otro en el izquierdo
 
mensajes sin descifrar
recibo de tus dos mundos
como dos planetas azules
como dos grandes zafiros
 
si los sueños y las sombras
se han vestido de colores
¿que hago yo en mi traje gris?
dímelo tú, roba-pinceles
 
ahora es todo tan sencillo
la vida sigue, de todos modos
salvo que nada tiene sentido
excepto el azul de tus ojos

diumenge, 9 d’agost del 2015

La Eternidad y un Día (Theo Angelopoulos, 1998)


Alexander (Bruno Ganz) está llegando al final de su camino, un final que no consiste en vaciar la casa, cerrar la puerta y listo, sino todo lo contrario. Uno debe atar todavía muchos cabos sueltos antes de partir, uno se deja muchas tareas por terminar, muchos recuerdos que merecen ser analizados aún, uno debe todavía ayudar a que el mundo sea un lugar un poco mejor, y sobre todo uno se deja muchas ganas de vivir. ¿Cuanto tiempo le queda a Alexander para intentar acabar su obra? La eternidad y un día.

Obra fundamental en la filmografía de Theo Angelopoulos, que nos habla de como el ser humano afronta la proximidad de la muerte desde un punto de vista humanista.

La película arranca en el inicio del último día de la vida se Alexander, escritor que deja una obra inacabada por no encontrar las palabras adecuadas para su final. Durante ese día conoce a un pequeño inmigrante Albanés, a quién decide ayudar. Dos personajes unidos por un destino incierto, los dos tienen miedo a lo que les depara el futuro, pero en estados vitales completamente distintos, dos personajes que se complementan y se comprenden mutuamente, el niño decide venderle palabras a Alexander para que éste acabe su obra, mientras que Alexander intenta que el chaval pueda salir adelante en el hostil mundo en el que le ha tocado vivir.

Cabe destacar el uso de la música (con el melancólico tema recurrente de Eleni Karaindrou), la fotografía y los flashbacks, los cuales se integran perfectamente en los largos planos secuencia en los que Alexander viaja al pasado. Un pasado marcado por la luminosidad, el sol, el blanco de las casas de Grecia y del vestido de su mujer, que contrasta con el permanente paisaje gris y neblinoso del presente.

En definitiva maravillosa película, profunda, bella y poética, eso si para los amantes del cine pausado de Theo Angelopoulos.